dimecres, 17 de maig de 2017

Sobre Sòcrates

Fa uns dies que la figura de Sòcrates va aparèixer per la nostra aula a partir de l'aproximació que estem fent a l'obra d'Aristòfanes "Els núvols". Per aprofondir més en el personatge us deixo aquí un article d'Antoni Janer, "Sócrates, el tábano de la democracia griega".

La mort de Sòcrates, obra de Jacques-Louis David realitzada el 1784. 

Reportaje publicado en abril de 2011 en la revista "Historia y vida" (Nº 517)

Los griegos consideraban que la belleza física era el reflejo de la belleza interior. De acuerdo con esta premisa, Sócrates (470-399 aC) sería la excepción que confirma la regla. Quien fue proclamado por el oráculo de Delfos como el más sabio de todos los hombres, no destacó precisamente por tener un buen físico. De hecho, su pequeña estatura, vientre prominente y nariz respingona le granjearon el apodo del “sileno” en alusión al cabecilla de los sátiros, famoso por su fealdad.

Sócrates, sin embargo, hizo caso omiso a estas burlas. Su máxima preocupación fue sacudir consciencias en el período más esplendoroso de la democrática Atenas de Pericles. Esta preocupación, en cambio, no la trasladó a su ámbito personal. Su mujer lo denunció por desatender a sus tres hijos, los cuales, según una leyenda, terminaron siendo unos díscolos. La anécdota reflejaría la incapacidad que tienen los grandes genios por encauzar sus propias vidas.
 
A este pensador ateniense de espíritu inconformista le gustaba decir que su trabajo era hacer con las palabras lo que su madre, comadrona, hacía con las manos. En su caso, no ayudaba a parir cuerpos, sino ideas. De ahí que bautizara su método filosófico como mayéutica (“el arte de la comadrona”). Atizaba los diálogos con una ironía basada en su máxima “sólo sé que no sé nada” y en el lema délfico “conócete a ti mismo”: mediante la formulación de una retahíla de preguntas conseguía hábilmente que sus interlocutores se despojaran de cualquier tipo de prejuicio para asumir su ignorancia sobre un tema concreto. A partir de esta cura de humildad y haciendo caso a su daimon o “dios interior” –que hoy llamaríamos sentido común-, podían empezar a buscar la verdad, que, para el “sileno”, nunca sería absoluta, sino tan sólo una aproximación.

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